26 noviembre 2017

Ir a Apu Linli y ofrendar

- ¡Wachuwa! - le llamo a través de la puerta de su casa.

Me encuentro con una de las chicas con las que hice temazcal ayer. Tremendo viaje. Creo que volví tan emocionada que, por eso, de pura emoción, hoy me he despertado a las 5. Charlo un rato con ella, en plan cordial. Y vuelvo con Wachuwa.

- Hoy quiero hacer una caminata pequeña. Ojalá volver para almorzar.- le digo.

Intentamos ir a Kinsacocha pero no hay colectivos. Ya es muy tarde. Son las 9. Así que nos vamos al Apun Linli, que está aquicito no más.

- ¿Tienes comida? - me pregunta.

Sí, tengo uvas, platanitos y manís (cacahuetes). Pero tal vez puedo comprar más cosas en el mercado de camino.- le digo. Así hacemos. Compro otra bolsita de manís y dos juguitos: uno de chica morada y otro de quinoa. Riquísimos. Al volver, una mamita con flores me dice 'llévese señorita'. Y eso hago, compro un ramo de claveles.

Wachuwa me pide que compre 5 cigarrillos, también. Le pregunto que pára qué. Me dice que ya veré.

Empezamos la caminata. Le digo que unas amigas y yo queremos ir a Machupichu y que estamos buscando guía.

- Yo os puedo llevar.- dice.
- Sí, pensé que serías un guía excelente.
- ¿Son todas españolas?
- 4 españolas y una americana.
- Osea que voy tener que aguantar a toda la colonia. Es broma.
- Ay... si el mundo fuera un matriarcado, cuantas cosas serían distintas. - digo.
- En la costa había sociedades matriarcales preincas. Muchas.

Habla de una figura, de una sacerdotisa, que muchas peruanas quieren emular. El camino se ha empezado a poner difícil y pintiagudo, así que la conversación va menguando. De pronto, unas gentes con ropas coloridas cantan y tocan canciones alegre con flautas agudas y bailan en círculos. Están pidiendo para que llegue la lluvia. Hoy muchas comunidades están de celebración. Después me entero que también se celebra el hecho de que ahora más que nunca el mundo de los vivos y los muertos está cerca. Así que también con la celebración se conecta con los espíritus. Algo así.

Seguimos caminando. Por momentos los pies se me resbalan para abajo de tan empinado que es el camino. En un punto Wachuwa se para y parte una rama de eucalipto. Me lo ofrece como bastón. Le agradezco el gesto. Pero, por momentos el camino es tan estrecho que el bastón no sirve. las zarzas por un lado van arañando mi piel, por otro un desfiladero pone a prueba mi miedo a las alturas y/o a morir desnucada por un canto. En estás caminatas, pienso, más vale dejarse de artilugios y ponerle corazón (por no decir otra cosa).

Llegamos después de una horita y media a un llano, una ruina y el Apu Linli de fondo con sus picos imponentes. Después sabría que es el Apu más alto de la zona. Hemos llegado donde queríamos. Me dispongo a hacer mi ofrenda, ya media coronita de flores hecha. Cuando Wachuwa me interrumpe.

- ¿Has hecho esto más veces?
- Si.
- Nosotros hacemos de otra manera.

Me dice que hay que presentar primero respetos al Apu. Presentar las ofrendas a las cuatro direcciones y muchas cosas más. Después de un momento de vacilación: por un lado, me quiere explicar, por otro dejarme hacerlo a mi manera, me rindo. Le pido que me enseñe, que lo quiero hacer a su manera. Así que, con mucha paciencia y corazón, me va guiando y yo voy haciendo. A veces se desespera, porque lo que para él es obvio para mi es completamente nuevo. Pero bueno, ahí está. A penas tiene 25 años, pero cuando empieza a hablar de su cultura, de lo que hacen porqué lo hacen, de las deidades, del significado de cada cosa, parece un gran abuelo. Tanto que, terminado el ritual de la ofrenda, siento una gratitud profunda. La palabra respecto retumba en mi cabeza y siento ganas de llorar, de arrodillarme, de nosequé. Pero lo único que digo es gracias.

- Gracias, de verdad.
- De qué - responde él y se sonríe.

Desde que nos conocimos no para de decirme que la gente quechua-hablante está celosa de compartir su saber. Que siempre se van a quedar con algo sin enseñarte, porque no se fían de los blancos. Lo entiendo perfectamente, le digo. Después de años de explotación y expolio de la tierra y las gentes para beneficio ajeno, lo que no me explico es como siguen siendo tan amables con nosotros, pienso.

- Entonces, ¿por qué me has enseñado a mi? - pregunto.
- ¡Porque tú compraste las flores! Pensé que nada más querías pasear...- dice como diciendo una obviedad.

Doy gracias a la serie de desencadenantes, bastantes, que han hecho que yo comprara flores. Y me sonrío de lo mágica que puede ser la vida. Ha sido un momento bellísimo: él enseñándome y yo aprendiendo. Y pienso en lo bonito que sería que él estuviera presente en mis sesiones con Victor Pauccar. Pero la vida tenía otra cosa preparada para mi. Sin saber cómo él se ofrece a iniciarme. A hacer el Karpay. Me sonrío por dentro. Este valle no se llama sagrado por casualidad. Aquí no necesito verbalizar nada para que ocurra. Pienso y ocurre. Muchas veces. Acepto de muy buen grado que sea él quien me inicie. ¡Viva la vida!- pienso.

Arreglamos las condiciones económicas y, además, él quiere que trabaje con niños aca antes de irme. Me parece una idea deliciosa. Además, para bien o para mal, he conocido a algunas gentes vinculadas con proyectos educativos pepino en la zona, así que será fácil.

El día está como nublado, pero hace buena temperatura, así que estamos ahí un ratito charlando sobre muchas cosas. Me dice cómo voy con los piojos. Le digo que aún me pica. Se ofrece a mirarme y , nuevamente, me quita unas cuantas chías (huevos). Utilizo mi chaqueta como almohada y, al terminar, al darme la chaqueta de vuelta, descubre que es de la marca 'Quechua'.

- ¡Es una marca! - dice abriendo mucho los ojos y la boca. No se lo puede creer.
- Una marca. - repite.

Seguimos charlando de energías, de cómo trabajamos con ellas uno y otra, le hablo del diseño humano, del Decatlon, de los precios en España, de los olivos de Ibiza (le encantan), de la medicina ayurvédica, hablamos de los pachamamosos (Así llama a las personas que, falsamente, se sienten conectados con su cosmovisión). Me estoy quemando la piel con el sol, lo siento, pero estoy tan a gusto que no quiero bajar.

De pronto un rebaño de ovejas, una de ellas negra, con un perro negro precioso, Rambo, bajan del Apu. Una figura humana vestida con muchos colores baja con los animales. Me creo que será una mujer, como casi siempre,y me pregunto mentalmente si la gente joven no seguirá pastoreando. Nuevamente la realidad se manifiesta como siguiendo mis pensamientos y descubro que es un chico el pastor. Tendrá 11 años o así. Wachuwa le ofrece algo de la fruta que nos queda. David, el niño pastor, acepta de buen grado.

Él le pide en quechua que cuide de que las ovejas no se coman mi ofrenda. Y bajamos. Casi todo el camino yo cogida de su hombro porque sino me resbalo por el camino. Me sorprendo una y otra vez de su agilidad. Yo a veces tengo que marcarme un Homai y bajar el culo al suelo, porque sino me caigo y él baja corriendo. Me rindo ante todo lo que él representa y es.

Llegamos a Pisac de vuelta a las 5. Justo cuando el turno de comidas ha cerrado y el de cenas aún no ha abierto. Tengo un hambre que me duele hasta la cabeza así que compro unos panes, palta, tomate, para hacer un picnic junto al río escuchando las canciones infantiles de un show evangélico. Nos hace gracias. Da pena ver el río. Con las aguas sucias. Hace unos años se podía pescar, pero ahora está contaminado de las aguas residuales de Cusco, me dice. Hablamos de los ríos. Pero la conversación ya no fluye igual. En la ciudad todo es distinto.

Volvemos de camino a casa. Pero antes de ir cada uno a su sitio queremos comprobar si la piedra que cogí del Apu, negra, divina, tiene propiedades magnéticas, como las que él utiliza. Entro a su casa, con sus telares, sus lanas, sus tinturas, sus tejidos por el suelo, por las paredes y agarra la guitarra.

- ¿Sabes cantar, o tocar algo? - me pregunta.
- Sé cantar y desde ayer, me he dado cuenta de que sé tocar el tambor.- digo entre risas.

En la ofrenda de hoy no se me ocurrió qué cantar, mientras colocaba las flores. Estaba un poco acobardada, le confesé. Así que yo iba colocando las flores y él, a petición mía, tocaba con la flauta melodías bellas. Ahora, antes de cerrar el día, me quiere enseñar una canción para que, en la próxima ofrenda, tenga algo alegre para cantar. Y eso hace. Y yo, agradezco.

Me voy a casa con mucha gratitud. Y con mucho escozor también. Por segunda vez en el Perú, me he insolado. Mi cara y mi escote están rojos como un pepino. Me siento estúpida por no haberme protegido. Imbécil. Otra vez echa un cangrejo y las molestias, la piel tirante, el calentón, el aceite de Argán que me regaló Josi. Jarl.

Al día siguiente tengo que cancelar nuestro paseo a Kinsakocha y me dedico a escribir y a comprarme un sombrero. A ver.











24 noviembre 2017

Ir al apu Ñusta a buscar mi primera cuya

Me levanto como un cobete*. Un poco sobresaltada porque es tarde. Son las 8. Desde que llegué al Perú, voy mas o menos con el sol. Me acuesto a las 8/9 y me levanto a las 6/7. Justo hoy que tengo que ponerme en marcha, me levanto tan tarde. Ayer fue un día increíble; conocí a Victor Pauccar que, si nada cambia, será el Q'ero que me inicie en la tradición inca, y conocí a Marcela Pantigozo, la persona que me enseñará a trabajar con los cuatro elementos. ¡Guau! ¡Con razón anoche no me podía dormir!

Como digo, me levanto torera, energética y con ganas de comenzar la nueva tarea que se me ha encomendado: reunir 12 piedras de 12 apus distintos (montañas sagradas) para mi mesa (altar). Por suerte para mi, solo alrededor de Pisac (donde estoy viviendo) hay 10 Apus. Me visto rápido y voy al mercado a desayunar donde mi mamita habitual. Por 3 soles cincuenta (1 euro) me sirve un mate de muña y un bocadillito de huevo con queso con tomate. Allí sentado hay un chico. Lleva los calcetines por encima de los pantalones. Me encanta eso, no me preguntéis porque. También lleva, colgada al cuello, una chacana enorme. Hermosa. Decido empezar por ahí.

- Qué chacana más grande.
- Si, es mi trabajo.
- Yo lleve una chacana parecida mucho tiempo.

Me acerco.

- Es cuarzo verde, ¿verdad?
- Si.
- La mía también era de cuarzo verde.
- ¿Si?

Mete la mano entre el cuello de la camisa de cuadros azules y su pecho, se desata el nudo del cordón. Me pide que abra la mano izquierda. Y me coloca una chacana de cuarzo verde chiquitita en la palma de la mano.

- Gracias-  le digo.

En verdad este cristal me hará bien. Llevo días que me duele levemente el pecho. Lo agradezco desde lo profundo.

Empezamos a hablar. Realmente, me he levantado tan torera que habría hablado hasta con una farola, pero resulta que es un chaval la mar de interesante. Es muy curioso de su cultura, preinca wari e inca, se ha caminado todo el valle sagrado solito, es un chico curioso que, si bien nació en Ayacucho, vive en el valle desde que tenía 15, edad a la que se independizo y montó una escuela de saberes ancestrales. Muy majo. Muy despierto. Se llama Wachuwa.

- No confundir con Wachuma- me dice.

Y nos reimos. Wachuma es otra forma de llamar al San Pedro, una planta medicinal muy usada en la zona y especialmente aquí, en el 'Disney de las terapias' - así se llama también con cierto desprecio a Pisac.

Le digo que mi misión para hoy es recopilar una piedrita de algún Apu cercano. Le digo, emocionada, que he conocido a un Q'ero y que me iniciaré con él. No dice nada. Me propone caminar el Apu Ñusta y después ir a Pachatusan.

- Serán unas 7 horas.
- Vale.

Me mira de arriba abajo.

- ¿Estás segura?
- Si, claro. Yo tengo que juntar 12 piedritas.

Me pone cara rara.

Decidimos que vamos a ir a mi hostal para recoger algo de fruta y comida, el cuchillo y mi chaqueta. Justamente descubrimos que somos vecinos. Así que él aprovecha para coger sus cosas. De camino le confieso que creo que tengo piojos. Se rie. Le digo que creo que los cogí en la casa del q'ero en la que estuve. No le interesa. Me dice que sabe reconocerlos y que, si quiero, luego me mira. Llevo días con picores en la cabeza, así que la sola idea de aliviar eso, me alegra. Wachuwa es un chico salvaje, en el mejor de los sentidos. Conectado con su tierra, con su historia, con sus raíces. Me gusta.

Cogemos un colectivo (una furgoneta de unas 10 plazas) que nos deja en el pueblo más cercano a Ñusta. Desde el bien principio las cuestas con harto empinadas, y sería así todo el camino. Así que la dinámica del viaje es Wachuwa delante caminando ligero y yo detrás caminando con dificultad, sintiéndome pesada a cada paso. No se porqué, además, me levanté con dolor de gemelos. A cada rato se para, mano en la cadera, mirando para mi, esperándome. Yo juego el papel de la gringa quejicosa y a cada rato le digo que, técnicamente, ya estamos en el Apu Ñusta y ya puedo recoger la piedra. Él se ríe. Se ríe como con vergûenza, agachando la cabeza y moviéndola a los lados ligeramente. Es un gesto que me recuerda a mi primo Héctor, eso y la forma de sus dientes y su boca, y algo en su actitud también. Cuando se lo digo se molesta... 


Conoce bien las plantas, así que me va explicando curiosidades. Un bicho que vive en la papa que sirve para curar berrugas, mira, ahí hay cebollas chinas, para los chifas. Él, como dice, va disfrutando de mirar 'los sembríos'. Sobre todo, me habla de un captus (así dice) que tiene unas espinas como un demonio. Me dice que en Semana Santa las gentes buscan uno con forma de cruz y lo llevan a sus casas. Así se simboliza la figura de Jesús. Claro, digo, 'con esas espinas, no hace falta ni estaca ni corona de espinas ni na, qué simbólico'. Si, dice él. 'También atrae la abundancia', cuenta. 'Si se te clava una de la espinas, para sacarla hay que hacerlo con mucho cariño, con mucho amor, como quien intentara calmar el llanto de un bebito', dice. Me parece hermoso ese símil. Después, en la bajada del camino, me cuenta también que ese captus sirve para poner a prueba tu conexión con la Pachamama. Y así los varones y las mujeres 'botan las espinas arriba' y al caer juegan con ellas a pecho descubierto. Tremendo captus, pienso.

Su compañía es agradable, a veces me cuenta cosas, otro mucho rato vamos en silencio. De pronto nos encontramos con Sirila, una mujer de la zona que nos dice que porqué no vamos en carro hasta el Apu. Y, después, con un grupo de hombres trabajando en una casa. Después de un cruce de frases si ninguna conexión la una con la otra, me ofrecen chicha, maíz fermentado, sería como la cerveza local. Rechazo amablemente la oferta. Lo que me faltaba ya, subir borracha. jajaj sigo con mi día torero, así que voy saludando a cada uno de los burritos que nos encontramos, a un grupito de chanchitos negros adorables, a las gallinas. De vez en cuando me doy la vuelta y observo el paisaje, el valle, las chacras tan verdecitas, tan alineaditas, tan bellas. Voy...jodida pero contenta, como diría la Buika.

Sin pensar, miro al suelo y veo una piedra brillar gris metálico. La cojo. Tiene forma de luna. Me gusta. Pero pesa un quintal. Después otras piedras moraditas me llaman la atención con su brillo. Y después una blanca con notas moradas también que me da Wachuwa. Recojo tres de ellas. Ya decidiré mas adelante, o tal vez con ayuda de Víctor, con cual quedarme.

De pronto hacemos un alto en la camino. Nos sentamos. Me dice si quiero que me mire los piojos. Se sienta con las piernas abiertas y me ofrece un muslo para que apoye la cabeza. 'Si, si, tienes chía'. Me río. 'Chía, así decimos a las liendres. ¿liendres? Si. Es gracioso. A los piojos, no se porque, los llamamos usa'. Nos reímos los dos. Mientras me despioja, yo con los ojos cerrados y él contándome historias de Pachacutec y Huascar y de la cosmovisión inca. Momentazo.

- ¿Quién te iba a decir a ti que hoy te ibas a subir a la Ñusta a despiojar una gringa?- y me río.

La vida es muy caprichosa, pienso.

Me sorprende, porque a él le sorprende más el hecho de estar en la montaña que la cosa de los piojos. Es un chico salvaje, como digo, y con unas uñas andinas estupendas para la labor. Comemos unas peras, unas pecanas (anacardos) y seguimos el camino. En una cresta se alborota. 'Mira, ven, ven, un águila grandazo'. Pero para cuando llego ya se ha ido.

Le pregunto por dónde vamos a seguir. 'Por la lomada como unas 2 horas y media', me explica. 'Por la eslomada, querrás decir', le respondo. Y me retroncho de la risa cual tarada en un día torero. Después le explico para que él entienda. Sigo jugando el papel de la gringa quejicosa que ya solo quiere bajar. La verdad es que estoy cansada de subir, pero la idea de recoger dos cuyas en un día me tienta. Él me mira atentamente y no cree que esté preparada para seguir. Me ofrece bajar trescientas veces hasta que me rindo.

Pero antes de bajar quiero dejar una ofrendita por las piedras que me he llevado. Saco mi bolsita de hojas de coca. Escojo tres. Cuando me agacho para dejarlas en el suelo, Wachuwa me indica otro lugar.

- La naturaleza es generosa.- dice.

Y me muestra un lugar que está a cobijo del viento. Dejo las hojitas de coca, agradeciendo al Apu.

Han pasado 4 horas desde que empezamos la caminata. Y empezamos a bajar por otras dos horas por un camino en zig zag que a veces desaparece. Por suerte, Wachuwa conoce bien el camino. Es genial que haya venido conmigo, realmente. De pronto, me dice que quiere hacerme unas 'trenzas campesinas', como las que llevan las mujeres aquí. Realmente, será el peor día para hurgarme en la cabeza, 'ayer no había agua caliente en el hostal', le confieso. Pero él es un niño salvaje. Así que, después de una segunda exploración, en la que encontramos el primer usa, me hace unas trencitas majísimas.

- Son las primeras trenzas que me hacen desde que me rapé el pelo. Eso afianza la sensación que he tenido desde unos días atrás de que volveré aquí a estar un tiempito más- le digo.

Lo sentí fuerte. Veremos.

Después de otra paradita seguimos el camino, alegres. Recojo unas hojas de eucalipto y unas ramitas de Muña. Celebramos que no haya llovido al final.

- Claro, esque he dicho 'Para**, para'. Y, entonces, la lluvia ha parado. Estoy empezando a controlar los elementos.- Le digo con mi tono torero del día.

Él se ríe por no llorar.

Y así volvemos a Pisac, en otro colectivo, con las piedras en mi poder y las piernas doloridas y el corazón contento. Vamos a cenar un menú. Le invito en agradecimiento por quitarme algunos piojos. 'Yo mas bien te agradezco que me dejes ir a la montaña contigo', me responde.

Gente linda, la peruana.

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*Muchachada Nui siempre en mi corazón
** Para es lluvia en quechua

12 noviembre 2017

Ir al Ausangate

Llegamos a la plaza de armas de Ocongate. La típica plaza de armas. Banquitos, jardincitos, las mamitas hilando o tejiendo o vendiendo mate, maca, quinoa, cosas, hombres haciendo casas de adobe, hombres mirando el horizonte y una estatua siempre horrible en el medio. En este caso, una estatua de homenaje a los Ukukos de Qoylloriti, las personas que se juegan el tipo una vez al año para coger un trozo de hielo de la montaña del Ausangate, uno de los Apus sagrados de la cultura inca.

Hemos ido hasta allí para conocer a Carlos. Una persona que nos puede ayudar a adentrarnos en la cultura inca, según nos han dicho. Carlos nos explica con pocas palabras lo que hace. Limpieza. Despacho. Hojas de coca. Si. A tanto cada cosa. Le pregunto si eso sirve como iniciación al camino inca. Y me responde cualquier cosa. Tiene que volver a trabajar. Y nos dice que le llamemos en tres horas si es que queremos hacer algo con el. Carlos tiene los ojos amarillentos y aspecto poco aseado. Lleva una gorra azul celeste ya casi blanca y ropa viaje, sucia, rota. En los pies, unas ojotas, las típicas chancletitas andinas. No es lo que busco, tampoco me da buena impresión. Apenas me mira a los ojos y no me responde lo que le pregunto, pero de alguna forma siento que es con él con quien voy a conocer el Ausangate. Es curioso.

- ¿Cuanto dura eso? - preguntamos.
- Dos días - dice.
- Entonces, ¿dónde dormiremos?
- En casa, normal- dice.
- Vale, pues después te llamamos.

A las 5 estamos caminando hacia su casa. Treinta minutos de caminata por la carretera y unas chispitas de lluvia. Viramos a la derecha, a la altura del puente y caminando entre tímidos cultivos esta su casa. Su proyecto de casa, de adobe, a medio hacer y otra estancia. Allí esta su compañera, Julia, una mujer menuda de trenzas negras anudadas a la espalda que me abre los brazos con una sonrisa y una mirada limpias. Esta sentada en una piel de alpaca en un suelo de tierra. Tejiendo. A su izquierda una pequeña cocina de leña ennegrecida y a su derecha un catre, en el que nos sentamos mi compañero Roni y yo. Ella solo habla quechua. Así que para su facilidad Roni me hace la traducción. Yo me acomodo al ritmo andino y observo las pausas infinitas entre una pregunta y su respuesta o entre una frase y otra. Es como si estuvieran pensando la respuesta, aunque en realidad no. Hablamos. Les decimos que quiero hacer la lectura y el despacho y negociamos el precio. Carlos lo consulta con Julia. Normal, dicen.

Las hojas de coca dicen que estoy preocupada. Por que estoy lejos de mi casa y por mi familia. Lo cierto es que desde que llegue a Perú (hoy se cumple una semana) no he logrado dormir bien y mi cuerpo suelta espasmos cuando me tumbo. Eso ocurre a pesar de estar feliz de estar aquí y de haberme sentido super bien acogida. Es curioso. De mi familia me preocupa mi hermano y las hojas de coca recomiendan hacer un despacho por el también. Y a mi me recomiendan una limpieza. Así que eso haremos.

Julia se pone a cocinar una sopa a base de patata, caracolillos de pasta y algunas especias. Y, mientras, interactúo con las pequeñas Luz Marina y Jennifer, sus hijas de 8 y 7 años, y Daniel, su hijito de 6. Cantamos muchas canciones y jugamos a algún juego. Nos reímos mucho. Solo ese momento ha valido mi vista al Peru.

A la hora de dormir, las niñas dormirán en el catre con sus padres y nosotros, Roni y yo, compartiendo cama en otra estancia de paredes de uralita con sus dos hijitos. El baño es un retrete en mitad del campo en mitad de una 'u' de piedra con puerta de plastiquito. Y el único agua corriente es un grifo que cae a un balde enorme. Aunque eso lo supe al dia siguiente.

Aunque mi cuerpo esta seguro de que este es el camino, mi mente no para de bombardearme con estupideces. No se si este hombre sera un verdadero paqo, sacerdote de la tradición andina, pero me alegro de colaborar con la economía de esta familia. Y pensando eso, acallo a la mente momentáneamente.

 Nos despertamos a la mañana siguiente, desayunamos maca, quinoa y bocadillitos de aguacate, queso y huevo, compramos los despachos, el vino, las hojas de coca, el agua y partimos para Pacchanta en el taxi de Vicente. Vicente es un hombre de piel andina, roji negra, pelo grasiento aplastado a un lado y sonrisa amplia y conduce un coche de maletero amplio en el que llegan a entrar dos mamitas con sus polleras de vuelos amplios y sus sombreros de copa, dos hombres y un niño, que va recogiendo en los pueblos por los que pasamos. Todos se bajan un poco antes de llegar a nuestro destino. Por lo visto, era dia de asamblea en la comunidad. De pronto el paisaje deja de mostrarnos mujeres vestidas al modo tradicional con las polleras de volantes, las chompitas de lana y los sombreros de colores anudados a la barbilla con tiras de bolitas blancas, para empezar a mostrarnos llamas, alpacas, vicuñas y suris. Por momentos, solo estamos los animales y nosotros, en ese coche. De pronto, entramos en la zona del Ausangate. El cartel dice que hay que pagar 10 soles (3 euros) pero Vicente no para el carro. Con la ventanilla bajada, sin parar, dice. 
- Peruana, es. Peruanos todos. No te miento, no.

Y yo, ahí, mirando a través de la ventanilla al hombre con mis ojos verdes y mi pelo clareado de la temporada en Ibiza. Y pensando que, al menos, no se me ve de pie. Tronchada de la risa por dentro. Porque realmente no me puedo sentir mas guiri. Yo ahi la unica blanquita, rubita, de ojos claros con mi ropa de treking del decatlon, entre tanto paisaje humano andino de tejidos coloridos y mejillas quemadas por la montaña.

- Peruana es.

Y seguimos el camino, tronchados de la risa. En un momento del viaje Carlos me confiesa que 'contento estoy' de venir al Ausangate con nosotros. Y ese es el clima del viaje, alegre, con las subidas y bajadas de las mamitas al carro, el simpa en la taquilla del parque y la conversación alegre de los quechua hablantes mientras yo observo todo.

Por fin llegamos. Carlos y yo comenzamos a caminar en lo que Roni termina de acomodar las cosas en la mochila. Nos esperan tres horas de caminata hacia las faldas del Ausangate, el Apu (montaña) sagrado por excelencia de la zona de Cusco. Sus cumbres, siempre nevadas, son fuente de vida, de agua, de alimento para la tierra, para el ganado, para las personas. Y, por eso, una vez al año se hace una peregrinación hasta sus cumbres en busca del hielo y, por eso, las gentes de la zona, practicantes de la tradición inca, van allí a hacer sus pagos a la tierra, sus ofrendas en forma de animal o alimentos, para agradecer y para pedir aquello que se necesite. Aunque eso, cada vez, se hace menos.

Y ahí estoy yo, europeita de bien, yendo a hacer mi primer pago a la tierra. Por mi y por mi hermano. Comenzamos a caminar. Estamos a mas de 5.000 metros de altura y la sensación de ahogo no tarda en llegar a medida que subimos cada tramo. Es exagerado. Tengo que parar a cada poco para recobrar el aliento.  Mientras vamos descubriendo que Carlos nació en Kiko, un pueblo de la nación Q'eros, mientras nos vamos dando cuenta, con la razón, que hemos hecho bien en venir con él al Ausangate, yo no puedo para de pensar en que no lo voy a conseguir. Ellos siguen hablando y caminando alegres y yo, en cambio, no puedo desviar la atención de cada uno de mis pasos, de mi respiración, de mi vida y la de mi hermano. Cada inhalación es un triunfo. Me pregunto cuantas inhalaciones habrá en tres horas de camino. Creo que no lo voy a conseguir. Pero no me permito pensarlo demasiado. Llevo mi atención al tercer ojo, invoco a todos mis dioses, guías y seres queridos. Paro. Masco coca. Al poco la tiro, porque siento que me distrae mas que me ayuda. Lloro. No creo que lo consiga. la altitud me aplasta el pecho y, literalmente, no puedo respirar. Lloro. Por mi vida y por la de mi hermano. 

Creo que no voy a llegar mientras Carlos y Roni siguen son su runrún. 
- Mira, un conejo.

Y se paran. Y me paran para que observe un conejos salvaje. Tardo como unos 3 minutos en conseguir que mi respiración no suene como un parto. Realmente me importa una mierda el conejo salvaje, pero la parada me viene bien. 

- Hay que ir más despacio- dice Roni. 
- Despacito no mas - dice Carlos. 

Y yo decido dejarles con su charla atrás y sus paradas para ver cosas y yo seguir con mis pasos, con mis respiraciones, con mi tercer ojo, con mis mantras, con mis lágrimas. Al poco Carlos me alcanza. Le pido que cante algo. Y así lo hace: canta y silba las canciones que se cantan cuando se va al Ausangate. Y como lo agradezco. 

- Bonito es - dice Carlos.
- Muy bonito - le digo. 

Llegamos a la laguna donde haremos el pago a las dos horas, una hora antes de lo previsto. No entiendo porque hemos venido tan rápido. Comemos algo y empezamos a preparar el despacho: hojas de coca, azúcar, legumbres, cereales, dulces, muchos dulces, vino, agua y un alcohol que no conozco. A cada alimento a cada componente del despacho se la pone una intención. Y eso hacemos. Empieza a hacer mas frío, los dedos se empiezan a poner morados y el cielo empieza a tronar. 

- Se viene el Apu - dice Carlos. 

Nos apuramos a hacer el despacho, como mejor podemos, peleando contra el viento para que no descoloque el orden de Carlos. Por fin terminamos y Carlos me limpia apresuradamente con el agua de la laguna. 

- Ya esta. Ya esta - dice mirandome a los ojos. 

Y empieza a nevar, granizar.

Yo salgo corriendo de vuelta a Pacchanta y Carlos dice que se tiene que quedar. A enterrar el despacho. Yo salgo muy deprisa, con la ropa mojada por la limpieza. Pronto el paisaje se vuelve blanco. De pronto temo perderme. No poder ver el camino. Miro atrás. Estoy sola. No se donde esta Roni. Tengo mucho frio. La cara helada. La ropa mojada. Por fin aparece Roni. Me adelanta. Y intento caminar lo mas rápido que puedo. Y eso hago. Hasta que mi bota resbala con una roca y mi muslo derecha cae sobre otra roca picuda. 

- No te levantes- dice Roni.

Habría sido imposible hacerle caso. Mi mano estaba en un charco y la pierna estaba encima de una roca ¡puntiaguda! me incorporo con tremendo dolor e intento seguir caminando, pero no puedo. No puedo. 

- De este lado del camino... - oigo a Roni. 

Me doy la vuelta mirando al Ausangate y empiezo a llorar como una niña. Habría llorado mucho mas fuerte, con mas gritos, con mas liberacion si no hubiera sido porque Roni estaba al lado mio, mirándome, supongo, sin saber que hacer. No se si estuve llorando un minuto o una hora. Realmente ese fue un momento fuera del espacio y del tiempo. Yo, el ausangate, mis lagrimas, mi vida y la de mi hermano. Cuando por fin me sereno, me vuelvo a Roni y le pregunto que decía. Me dice que nada moviendo la cabeza a un lado y a otro. 

Seguimos caminando de vuelta y poco a poco el camino se va haciendo mas amable, el cielo va abriendo... 

- Si quieres podemos pedir una llama para que te lleve - sugiere Roni en un punto del camino en el que hay llamas. 

Yo me pregunto cuantas mas sugerencias absurdas es capaz de formular.  

Al poco nos reencontramos con Carlos, que viene como si nada, caminando con sus chancletitas andinas. Nuestros pies, los de Roni y mios estan llenos de barro, y las piernas salpicadas de barro, de agua. Los pies de Carlos están tan normal y su ropa, limpia, libre de salpicaduras. Observo su caminar de puntillas. Y me pregunto cuantas caminatas parecidas a esta habrá librado ya, bajo la lluvia, bajo la nieve, con sus chancletitas. Es impresionante comos sus pies pequeños van encontrando siempre el mejor paso en el camino, el firme, el que esta libre de agua. Es un q'ero. Se ha criado así, en la naturaleza, con un poncho, un chullo de colores vivos y unas ojotas. Es una de las pocas personas transmisoras de la tradición inca. Es un honor compartir el camino con el, con su mirada limpia, con sus pies pequeños y con su cuerpo desnudo y sonriente en las termas de agua caliente que nos esperan en Pacchanta. 

Me quito la ropa, observo el bulto de la pierna derecha. Introduzco un pie y el otro en el agua, sumerjo mi cuerpo. Observo las alpacas a mi alrededor, la montaña, el verde amarillento del terreno, la mamita de fondo y digo: 

¡Viva Peru!

Despues vendria Vicente a recogernos.
Al dia siguiente me despediría de Roni. 
Hasta mas ver.




* Perdon por las faltas de ortografía. No se como poner acentos, hoy. ;)

31 mayo 2017

Encuentro en la cocina

Fiesta de inauguración de un espacio bello en Ibiza. Muchos corazones conocidos, amigos, amigas, Lutece, Arjajan, Eywa, mucha gente sonriente y mucha otra gente que no se de quién son. La charla con Ann y las chicas se interrumpe con las estrellas y nos vamos. Recogemos cojines y pa dentro. Musica tranquila suena. Silencio alrededor. En la cocina una chica.

- Hola
- Hola
- No se dónde podría calentar esto.
- Mmm... ¿tal vez en una de esas cazuelas?
- Si
- No se cuánto quieres calentar.
- Todo. Pa quien quiera. Me lo han regalado. Está buenísimo. Lleva pescado pescado por un chico hoy. ¿Te das cuenta?- y se ríe.
 - Jolín, qué carambola más buena.
- Si. Está buenísimo.

- Toma - y le alcanzo la sarten más grande de las alturas de la cocina.
- Gracias.

Silencio fuera. Gente recogiendo cosas.

- Bueno, en realidad yo me estaba llendo.
- Bueno, pues un placer.
- Lo mismo digo
- Bonitos ojos
- Lo mismo digo

Y reimos. Y nos damos las manos.

- Qué manos más frías.
- Siempre. Es normal.
- Manos frías, corazón caliente.

Y nos damos las otras manos.

- Yo vengo toda acalorada
- Así te siento- y sonrío. Somos el contrapunto perfecto.

Y reimos. Y nos abrazamos.

Y nos respiramos.

- Hasta pronto
- Hasta pronto
- Que descanses
- Y tú que lo disfrutes

Y reimos.

Y cojo la bici de vuelta a casa.


23 mayo 2017

Corazón

Corazón, de mi corazón
que me haces palpitar
pero el manto lo cubre todo.

Corazón, de mi corazón
que me haces palpitar
se libra una batalla en mi alma.

Cada momento de despertar
y darme cuenta que no hay mas
que detenerme y respirar
y dar un paso a la vez
y nada mas...

Corazón, de mi corazón
que me haces palpitar
mi mente se cruza en el camino.

Corazón, de mi corazón
que me haces palpitar
me caigo, me rompo, me muero
cada momento de despertar
y darme cuenta que no hay más
que detenerme y respirar
y dar un paso a la vez
y nada más...❥

20 mayo 2017

All around is beauty

I walk in Beauty
Beauty is before me
Beauty is behind me
Above and below me.

Homai

Un diente repica
la encía.

El llanto interrumpe
el canto
de los pájaros.

El libre caminar
se estanca.

Le miramos.

Su mano
llena de dedos
gorditos
amasa el dolor
puntiagudo.

La baba
se encuentra
con mis brazos.

Mi canto mántrico
busca la calma
de su cuerpo redondo
blanquito.

Mis manos
se posan en su corona
intencionando paz
a sus nervios afilados.

Sus dedos gorditos
se entretienen
en las costuras
de mi ropa.

En los tirantes
que baja
dejando un pecho
al descubierto
busca el consuelo
que no le puedo dar.

Belleza y cosquillitas
a partes iguales
inundan mi ser.

Nos sentamos.

Él en mi regazo
y caricias de Nalur
acompañando
mano en mi rodilla
mano en los pelitos
rubios
en la cara
gordita
regalando amor
amansan
el desconsuelo.

Un avión sobrevuela
en lo alto
nuestras cabezas.

y... guaaaaa
- dice apuntando
con su dedo gordito
al cielo.

Se sienta
en su banquito
a ñam ñam
y la vida sigue
serena.

07 abril 2017

Intenta apoyarte en

la esperanza
de un cambio

la espera
de una llegada que no llega

la selección romántica
del pasado

la idealización
del futuro

el humo.

13 marzo 2017

Luna llena

De vuelta a casa en el coche.

- ¿Te has fijado? Cada uno de esos baches, esas montañitas en la carretera es la raíz de un árbol.
- Sí.
- Algún día, pronto, esas raíces, poderosas, resquebrajarán el asfalto.
- Estoy segura.
- Algún día, nadie vendrá a repararlo.
- Estamos cerca del fín.
- Y las raíces conquistarán de nuevo la horizontal del territorio.

Un conejo cruza alegre la carretera. Con la velocidad su cuerpo parece largo. Otro. Pero se para, al borde, en los arbustos. Vuelve a la redondez de las patas recogidas, a la ternura de las orejas agachadas y los ojos fijos.

Cuarta.





10 marzo 2017

Señales

Las señales
no muestran
el camino.

Más bien
si acaso
lo recuerdan
a quien
ya lo conoce
y lo transita.

07 marzo 2017

Ganas

De pronto
amanezco
con ganas
de tirar
la pelota
al otro lado de la valla
correr a por ella
y ver qué pasa.



17 febrero 2017

Hablando de adicciones

Disparo
al magnum
de chocolate
en la gasolinera.

Tollina
a las patatillas
en general.

Rodillazo
en la entrepierna
a las cuatro berlinas
de chocolate
del mercadona
(y encima les bajan el precio)

Guantazo
con la mano vuelta
a los alfajores
argentinos.


14 febrero 2017

Lo que no le dijo.

Sus manos parecía sucias, pero no lo estaban. Movía nerviosas un cigarrillo entre los dedos. Podría haber sido la etiqueta de un yogur, o un trozo de papel cualquiera, pero era un cigarrillo. El objeto que pasaba de una mano a otra, de un dedo al otro, era un cigarrillo.

Ella observaba.

Él dijo. A veces no hay que sonreir. A veces está bien no sonreir.

Ella observaba esas manos que, sin estarlo, parecían sucias. Seductoramente sucias.

Ella pensó. Cada sonrisa es una victoria consumada.

Él encendió el cigarrillo.






41.

Las cinco y trece
piso a conciencia un charco
bello despertar.

10 febrero 2017

Imágenes

Camino por la carretera. Al lado de la carretera. En Ibiza acaso te juegas la vida a cada instante. Acaso te encomiendas a los angeles y a Los Santos y el corazón se te ensancha con la confianza. Camino a paso lento dirigiéndome a la casa en la que comienzo hoy a cuidar de un niño.
Una imagen se cruza. Un jeep pasa a mi lado a toda velocidad. Un perro asoma la cabeza por la ventanilla. Un perro negro-marrón de pelo corto. Rotbailer ¿como se escribirá esa raza? La lengua y las orejas, por efecto del viento a la contra, se le van para atrás bamboleando, golpeando a destiempo las carnes, la chapa, las carnes, nada. Y sus ojos, en cambio, miran al frente juguetones, desinteresados, inocentes. Es una imagen bonita. Debe serlo porque me sonrio. Los humanos solo sacamos la cabeza si estamos en un descapotable, es curioso. Me hace gracia ese perro sin más y su lengua al aire. Acaso la vida no sea más que eso: mirar palante disfrutando de que el viendo mueva tu melena a tu paso por una carretera. Haya alguien en el margen  mirando o no. Qué tontería. Tampoco hay que sacar conclusiones de un perro con la cabeza fuera de la ventanilla de un jeep. ¿O si? No sé, solo estoy empezando de nuevo.

05 febrero 2017

33 cosas que se me pasan por la azotea

  1.  Si dudas entre hacer una cosa u otra, lo mejor es dejar pasar las dos y volver a tu centro, que se está más calentito.
  2. Pagar a una chica para que juegue con tu niña no tiene sentido. 
  3. Somos tremendamente vulnerables. Y quien finja no serlo, sufrirá más.
  4. Querer ayudar a los demás política o personalmente (si es que hay diferencia) puede doler.
  5. Sigo hablando de discapacidad emocional, si.
  6. Las niñas han de jugar con otras niñas.
  7. Cada una de nosotras hace lo que puede (y nada más)
  8. Intentar ser mejor persona puede doler mucho. 
  9. La arrogancia y el orgullo masculino son directamente proporcionales al nivel de patanería.
  10. Salir al extrarradio suele tener consecuencias desagradables.
  11. Los padres y las madres también hacen lo que pueden (y nada más)
  12. Las expectativas pueden joderte la vida.
  13. La que no quiera conocerse nunca podrá ser plenamente feliz. 
  14. La marihuana está arruinando vidas ahí fuera.
  15. Es difícil ver a dios en todas las cosas y en todas las personas, pero vale la pierna hacer el ejercicio.
  16. Hay que querer a las padres y a los madres por lo que son (y decírselo, que les mola mucho)
  17. La gratitud es uno de los sentimientos más elevados que una puede experimentar. 
  18. La paciencia es la ciencia de la paz y por eso hay que cultivarla y regarla.
  19. Experimento mucho placer cuando me troncho de la risa.
  20. Me encantan las personas que se relacionan con el dinero de una forma única.
  21. Vale la pierna contar hasta 10. 
  22. Enfadarse no sirve para nada.
  23. Las personas que no controlan sus emociones son peor que una amenaza nuclear.
  24. Hay franceses y francesas adorables ahí fuera.
  25. Tener mocos sirve para darse cuenta una vez más de lo bello y placentero que es respirar.
  26. ¿Cuántas adicciones absurdas hay que tengan que ver con llevarse cosas a la boca?
  27. La vida ha de ser una cosa fácil. 
  28. La cabeza está para llevar sombreros y poco más.
  29. Las senderistas suelen ir a toda hostia para mi gusto.
  30. Es más fácil hacer hielo en el desierto que sentir compasión por las dislocadas emocionales, mientras te están dislocando a ti, pero vale la pierna intentarlo.
  31. Las palabras son sagradas. 
  32. En el punto 29 quería decir 'muy rápido'.
  33. Hasta cuando hablamos poco, hablamos demasiado, eso dice Sai Baba. Así que aquí lo dejo.